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El dogmatismo es mal camino en temas tan ligados al subconsciente. Esta sección sólo dará pistas para la reflexión porque, a pesar de interpretaciones, más o menos subjetivas, el duende se manifiesta con carta de naturaleza andaluza: sorprendente, intangible, descrito según la circunstancia y con una palabra que puede significar exactamente lo mismo siempre, algo muy distinto o algo parecido en parte para el gesto exactísimo, para el rápido decir y la manera de decir las cosas, para estremecer. Es como un estado de gracia, ángel fugaz, pronto lúcido, inspiración, toque final, olfato para la forma, siempre asombrando con su contagio de armonías, su inesperado soplo en el momento del ahogo o del descuido, su humanidad, su vejez y su juventud.
El duende en Andalucía es algo más que un recurso para explicar lo inexplicable o una buena voluntad de querer ver las cosas de mejor forma, se trata de aceptarlas tal como llegan, con los cinco sentidos dispuestos ante el zamarreo o el pellizco, la palpitación que sobrecoge, el no se qué que desarma, fajando la celtibérica envidia de la falsedad de su existencia, cuando escuchamos que no hay duende sino posturita, artificialidad, imitación o hasta excesiva contemplación.
¡Que poco tienen que decir los pinchaglobos, que no liberan aire sino que revientan ascensiones!
“poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica que es, en suma, el espíritu de la tierra”. Federico García Lorca
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